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De nuevo vuelvo a la ética

Quizá muchos piensen que con la insistencia en el tema de la ética en la era de las Nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, esté yo arando en el mar, pero no me cansaré de tratar asunto tan peliagudo y de tantos matices como personas, y ya se sabe son cientos de millones, los que tienen acceso en todo el planeta a los inventos que el ser humano ha hecho con estas herramientas.

Pero me gustaría en este post de hoy hablar un poco sobre lo que significan las redes sociales y la ética personal y profesional ante los retos que imponen espacios de socialización como esos, donde los comportamientos de quienes a ellos acceden, deben y tienen que cumplir normas no escritas de relaciones humanas simples.

Me explico. Las redes sociales, de hecho, son una reproducción, a escala de Internet, de las maneras y formas en que los seres humanos, desde hace muchos siglos, concibieron sus relaciones sociales, sus espacios de intercambios, las áreas para la reproducción de maneras de comunicación, solo que ahora no es “cara a cara”, ni en la sala de una casa, ni un centro de estudios o de trabajo, ni en parques, cines, discotecas y otros espacios donde solo basta que dos personas se encuentren y deseen conversar, para que se establezca un intercambio de ideas y razones sobre un tema de interés para ambas partes.

A partir de intereses comunes, siempre fue y sigue siendo así, las personas buscan grupos con pensamientos similares o cercanos, para el debate de ideas, el saludo amistoso o para simplemente compartir. Y de ello no han escapado las redes sociales, como asiento virtual para ello y muchas otras cosas.

Pero con el desarrollo de las tecnologías en el siglo XXI, ya esos escenarios han pasado al ciberespacio, y las peñas de antaño, sentados en un banco de un parque para descargar sobre cualquier cosa, encontraron en redes como Facebook o Twitter el ideal para hablar y traspasar las fronteras geográficas y físicas, y hacernos a todos, en un mismo espacio virtual, poseedores de las mismas posibilidades para la comunicación, lo que ha facilitado la manera de conocernos entre diferentes culturas, credos y maneras de ver la vida.

Pero en ese contexto, hay que tener mucho cuidado con lo que hacemos y decimos, sobre la base de respetar la ética por sobre todas las cosas.

Y lo digo porque ya son varios los casos que he conocido de personas que han querido trasladar a las redes sociales, los modos y maneras de comportamiento que hace poco desarrollaban en los espacios tradicionales donde se habla de lo humano y lo divino.

Que conste que son un defensor de la libertad que tiene cada cual de expresar lo que piensa y crea sobre un aspecto determinado, pero sí me cuestiono a quienes pretenden utilizar estos espacios socializadores como punta de lanza para arremeter contra personas o instituciones a los que pueden enfrentar directamente y no asumen el valor de decirlo de frente a quienes corresponde.

Lo que deseo expresar es que no me parece bien que se lleven a espacios de este tipo conflictos éticos que deben buscar su salida por otras vías y no en lugares ni sitios como estos, pues quienes así actúan están denotando una falta de ética profunda y un contrasentido de las reglas que animaron y animan la comunicación entre personas, aun en la era digital.

La ética, las redes sociales y el correo electrónico

Un poco largo el título, lo sé, pero trataré de justificarlo mientras escribo este nuevo post.

Me está preocupando mucho, pero mucho, que estemos olvidando, ciertos profesionales y en ciertos escenarios, al seguir el ritmo trepidante que nos imponen las Nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, principios elementales de las relaciones humanas y de la conducta cívica, que por mucho tiempo fueron bandera en nuestro diario acontecer.

Difícil es hablar del tema al que me arrimo hoy, sin mencionar pelos y señales, como se dice por ahí, pero no caeré, yo mismo, en lo que voy a enjuiciar más adelante.

Ejemplos sobran en los últimos tiempos de lo dañino que ha sido para colectivos o personas, la circulación a través de la red de redes, de contenidos de todo tipo, a veces hirientes, otras irrespetuosos, infundados en muchas oportunidades, plagados de subjetividades en no pocos momentos, faltos de compromiso, de sinceridad o manipulados, en fin, el listado, no solo en Cuba, me imagino que debe tender hacia lo infinito.

Sin embargo, debo decir que si algo debe marcar nuestra aproximación a todo lo nuevo que nos presentan las redes sociales o el correo electrónico como herramientas de intercambio de ideas, de mensajes, de palabras, debe ser un comportamiento ético como primera condición.

Porque de nada vale que asumamos en escenarios virtuales como los descritos, posiciones de cierto tufillo extremista,  o multipliquemos banalidades, o asumamos posiciones hipercríticas,  que se acercan más a la búsqueda de protagonismos que a otra cosa, cuando se pueden dilucidar opiniones contrarias desde el respeto, el debate y el diálogo franco.

Quienes se escudan, o mejor dicho, se refugian en esos espacios, para disentir de hechos, o posturas, o análisis de otros de su mismo medio, lo que hacen, desde mi percepción, es autoaniquilarse, pues siempre quedará al descubierto la manera hipócrita en que condujo el asunto.

No debemos, y lo he reiterado en muchas ocasiones en otros post de este blog, caer en ingenuidades si de las redes sociales se trata. No debemos, estimular o abrir brechas innecesarias cuando lo que hay que discutir, entre profesionales, no tiene por qué alcanzar connotaciones públicas que a larga, provocan más daños que beneficios.

Es una de mis recomendaciones a aquellos que pretenden utilizar, por ejemplo, a Facebook, como punta de lanza o espacio para expresar juicios antiéticos sobre colegas o medios, sin percatarse de cuán vil pueden resultar acciones de esa envergadura.

Algunos podrán decirme que ese escenario ha emergido como un lugar para la libertad de expresión, y yo diría que estoy de acuerdo hasta el punto en que esa palabra pasa a convertirse en puro libertinaje, como decimos en nuestra pequeña Isla. Cuando la irresponsabilidad aparece, no hay mucho más que hacer.

¿Y que tiene que ver todo esto con el correo electrónico?, se preguntarán otros. Pues que como mismo el mal uso de Facebook, Twitter y otros tantos, pueden poner al descubierto debilidades éticas sino se piensan bien los pasos a seguir, debemos advertir lo necesario que es conocer qué escribimos, enviamos y compartimos vía email.

No debemos pecar, aquí tampoco, de ingenuos, porque nos puede salir mal una jugada por no prever y medir las consecuencias y el alcance de una herramienta tan poderosa.

No es el correo la vía para externizar cuánto problema personal, laboral o social, nos ocurra a diario. Al menos es mi sugerencia para aquellos que lo utilizan con fines de ese tipo y luego corren arrepentidos para tratar de subsanar el fallo que cometieron.

No entiendan esto que escribo como un regaño. Nada de eso. Quienes siguen este espacio saben que lo que pretendo con él es dialogar, sugerir, intercambiar, llegar a consensos entre todos, pero siempre desde la mayor altura, con la ética como razón primera. Es un alerta, solo eso.

Los espero, como siempre, con nuevas ideas que enriquezcan lo que aquí comparto.